Soy lo suficientemente ingenua como para alimentarme de utopías.
Y de ilusiones.
Pero lo suficientemente sencilla como para conformarme con abrazos virtuales.
Amores lejanos.
La eterna pregunta es qué haré yo, niña, cuando despierte.
Porque troto sonriente contra la pared que se alza.
Imponente, lista para abatirme.
Frente inflamada.
Y la respuesta es familiar.
Este corazón tierno ya latió de la misma forma.
Pero yo, niña, no distingo entre el dolor.
El llanto y la angustia ni la felicidad, la seguridad y la pasión.
Soy aquella que te devuelve y me devuelve la mirada en el espejo.
Y delata.
Las agujas del reloj se están moviendo y te das cuenta, me doy cuenta.
Que nos quedamos dormidas en el arcoíris, con el rostro tibio.
Mejillas sonrojadas.
Infladas, caprichosas.
Porque tienen y tengo que guardarlas en el cofre de mi madurez.
A la inocencia, la picardía, el gesto aniñado.
Y cuando sea yo, mujer, y despierte como tal.
Apreciaré lo real.
Finalmente sabré distinguir.
Un abrazo cálido.
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